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Últimamente todo duele. Como si estuviéramos en un luto constante. No por alguien en particular, sino por todo. Por la humanidad, por la dignidad, por el sentido. Como si el dolor se arrastrara bajo la piel de la Tierra misma. Y lo más terrible es que ese duelo parece estar ocurriendo en silencio. Como si nos hubiéramos resignado. Como si la pérdida fuera algo inevitable y no el resultado de decisiones concretas, de estructuras de poder, de indiferencias cuidadosamente cultivadas.

En estos días, me cuesta encontrar aire. Leer las noticias es como dejar que el mundo me atraviese sin anestesia:

Gaza… A Gaza la están matando de hambre. A propósito. No son solo los ataques. Es la inanición como arma, la infancia como objetivo, el genocidio como estrategia. La masacre se transmite en vivo. Más de 17 mil niñxs asesinadxs mientras el mundo debate si es “proporcional”. Se impone el terror como castigo colectivo. ¿Dónde quedó la humanidad? ¿En qué rincón escondieron la compasión? ¿Cuántos cadáveres hacen falta para que alguien mire sin pestañear?

Sudán, otro epicentro del olvido. Sudán está ardiendo y casi nadie está mirando. Más de 25 millones de personas necesitan ayuda humanitaria mientras el país se desangra entre masacres, desplazamientos y hambruna. En Darfur se están cometiendo crímenes atroces, limpiezas étnicas, violaciones sistemáticas. Un exterminio que al parecer no vende, porque ¿Dónde están los titulares? ¿Dónde está la condena global?¿Cómo se silencia una guerra así?

Tuvalu, una pequeña isla del Pacífico, se convierte en la primera nación en ser evacuada por completo por el cambio climático. No por una catástrofe puntual, sino por una suma de omisiones, décadas de advertencias ignoradas, decisiones negligentes, emisiones persistentes y promesas rotas. Más del 80% de sus habitantes ya pidió visado para Australia, antes de que sus islas desaparezcan. ¿Dónde va una cultura entera cuando pierde su tierra? ¿Quién llora por un país que se hunde?

En el fondo marino, los gobiernos negocian la destrucción de los ecosistemas más prístinos del planeta. La minería submarina avanza en nombre de una “transición verde” que no es más que otro extractivismo, otro sacrificio, otra promesa de futuro hecha por quienes ya lo vendieron todo. Un neocolonialismo geopolítico: la presión por estos minerales no busca sostenibilidad, sino alimentar la carrera armamentista, sostener hegemonías y perpetuar un modelo donde el poder militar y económico vale más que la vida misma.

Y podría seguir, pero entonces este blog se convertiría en un libro.

Todo se conecta: La crisis climática, las guerras, el colapso social, el desarraigo, el autoritarismo, la pérdida de sentido. Lo que está en juego es la vida misma y, sin embargo, actuamos como si nada.

Y lo entiendo. Porque duele.

Porque cuando una trata de ver el cuadro completo, lo que se asoma es un vacío brutal. Un mundo gobernado por quienes solo buscan proteger sus fortunas. Personas que no aman nada. Que no lloran por nadie. Que ven la vida ajena como un obstáculo y el sufrimiento como daño colateral.

Lo dijo Eduardo Matte Pérez, sin pudor alguno en 1892: “Los dueños de Chile somos nosotros, los dueños del capital y del suelo. Lo demás es masa influenciable y vendible; ella no pesa ni como opinión ni como prestigio.”

Esa frase sigue vigente. No solo en Chile. Sino en cada rincón donde el poder se sostiene sobre el desprecio.

Nos están arrancando la empatía. A fuerza de saturación, de velocidad, de algoritmos que nos anestesian. Nos enseñan a consumir el horror como parte del paisaje, a naturalizarlo en medio del scroll. A creer que no se puede hacer nada. A pensar que resistir es un acto simbólico, que el amor es ingenuo, que la rabia es improductiva.

Pero la rabia también es un lenguaje.

Porque sí, hay rabia. Miedo. Impotencia. Y también una tristeza inmensa. Una sensación de que ya no importa cuánto luchemos, porque igual van a arrasar con todo. Pero incluso en ese abismo, algo se mueve. Una fuerza que se niega a desaparecer del todo. 

Quizás no sea esperanza. 

Quizás sea memoria. O amor. O dignidad.

Si todavía duele, es porque aún queda algo vivo, ¿no? Y ese algo también puede transformarse en acción.

No una acción heroica ni individual. No hablo de productividad disfrazada de cambio. Hablo de juntarse, de gritar, de sostenernos, de llorar en voz alta. Hablo de no dejar que nos roben la sensibilidad. De no ceder ese último territorio: el del alma que aún tiembla ante el horror.

Tal vez no estemos aquí para ganar. Tal vez no haya una victoria como la imaginamos.

Pero aún podemos resistir desde el amor, desde la ternura feroz, desde la terquedad más pura de quien sabe que las cosas podrían ser distintas.

Y si no podemos cambiarlo todo, al menos podemos negarnos a ser parte del silencio.

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