Proteger lo que no se puede reemplazar
El año 2019 fue nefasto para los líderes ambientales; 274 asesinatos por defender sus montes, el agua, los bosques, los ríos o el aire. Muchas muertes quedarán impunes porque se ocultan bajo la palabra progreso, desarrollo, rentabilidad e inversión. De esas voces apagadas surgen hijos, padres, hermanos, parejas que continúan el legado de una lucha que no para, de una sentencia de muerte nace la fuerza y de la fuerza el amor perpetuo por la tierra.
En Honduras un nombre que pasó a la historia es el de Berta Cáceres, asesinada el 3 de marzo de 2016, una mujer indígena Lenca defensora de los derechos. Activista por 20 años del territorio y de los derechos del pueblo Lenca. En 1993 co-fundó el Consejo Cívico de Organizaciones Indígenas Populares (COPINH), desde el cual organizó feroces campañas contra los megaproyectos que violaban los derechos ambientales y la tierra de las comunidades locales. Berta se enfrentó – y, a menudo derrotó – a madereros ilegales, dueños de las plantaciones, corporaciones multinacionales y proyectos de represas que cortaban los suministros de alimentos y agua a las comunidades indígenas.
De la muerte nace una herencia encarnada en un mismo nombre, sangre y pasión. Berta Zúñiga, hija de Cáceres, a sus 29 años continúa el legado de su madre en su búsqueda por descubrir el autor intelectual de su muerte. Asume las riendas del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), la organización que su progenitora ayudó a fundar.