Proteger lo que no se puede reemplazar
Tenemos oro en las manos y no nos damos cuenta
Los equipos electrónicos como smartphones, pantallas, cargadores, notebooks y tabletas que usamos día a día en nuestra vida cotidiana, tienen dentro de sus componentes pequeñas cantidades de minerales valiosos como oro, cobre, aluminio, iridio, cobalto y muchos otros. Según The Global -waste Monitor 2020, un informe elaborado por varias instituciones internacionales en conjunto con Naciones Unidas, previo al inicio de la pandemia se alcanzó el récord de desecho de aparatos eléctricos: 53,7 millones de toneladas, un aumento de más del 20% que en los cinco años anteriores, lo que equivale a 57.000 millones de dólares en minerales de alto valor que fueron desechados o quemados.
El impulso digital con la pandemia no ha hecho más que aumentar estas cifras y existen previsiones que apuntan a que, para el año 2030, la basura electrónica alcanzará los 74 millones de toneladas al año y para 2050 más de cien, en estimaciones que podrían incluso quedarse cortas en el contexto de un desarrollo tecnológico acelerado y la falta de voluntad en avanzar en repensar la obsolescencia programada en nuestros modelos de producción de insumos electrónicos.

Ante esto surge la minería electrónica, que es el proceso mediante el cual se extraen metales y otros materiales reutilizables de equipos electrónicos que se desechan luego de fallar o al terminar su vida útil, cuando, como sabemos, son reemplazados por otros que en su fabricación usan materiales extraídos en condiciones de deterioro ambiental.
Se estima que a nivel global solo el 17% de la basura electrónica se recicla, y estos esfuerzos a mayor escala están concentrados en áreas específicas del mundo tales como China, Australia y algunos países de la Unión Europea, que aún de forma muy incipiente están pensando en una gestión más eficiente de estos recursos minerales, ya que aun el desperdicio es masivo a escala planetaria.

Por ejemplo, en el caso del oro, con la minería tradicional es necesario extraer una tonelada de materia prima (entre rocas, piedras y materiales tóxicos), para obtener de 5 a 6 gramos de este metal, en contraste con los 350 gramos de oro que se obtienen de una tonelada de basura electrónica, lo que es una diferencia en escala y preservación que no solo se aplica para el caso de este metal, ya que en abril de 2018 en la revista Environmental Science & Technology, señalaba que cuesta 13 veces más caro -en promedio- extraer de la tierra los minerales para fabricar nuevos dispositivos electrónicos en comparación a lo que vale obtenerlos a través de minería electrónica, es decir, un proceso que en el cual se puede ganar haciendo un bien al planeta.
No obstante, lo anterior, muchos países carecen de la capacidad necesaria para siquiera recopilar los datos actualizados sobre flujos de residuos categorizados como basura electrónica, lo que está en rápido crecimiento, siendo una amenaza para el desarrollo sostenible tanto a escalas urbanas, nacionales y regionales.

En un contexto donde se está poniendo en riesgo hasta a los océanos del planeta con la minería submarina, es hora de considerar nuevas formas de producción orientadas a la economía circular alineada con la gestión de los residuos electrónicos en línea con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas en el marco del ODS número 12, referido al consumo y la producción sostenibles.
Los desechos electrónicos no solo se deben gestionar de manera más eficientes en términos del desperdicio de recursos valiosos, si no que para también evitar la contaminación por sustancias nocivas tales como el cadmio, mercurio, plomo, fósforo y otras que quedan expuestas cuando se desechan los aparatos sin ninguna consideración ambiental, generando daños irreversibles a comunidades y la biodiversidad de los entornos afectados por esta forma de envenenamiento invisibilizada.

Mientras la minería tradicional requiere grandes cantidades mano de obra, genera daño ambiental grave e influye negativamente en áreas en conflicto o bajo control de grupos armados que explotan la tierra bajo horribles condiciones de trabajo, la minería electrónica puede ser automatizada y genera beneficios a comunidades y nuestra biodiversidad, para lo que se requiere además de estudiar el tema y hacer su difusión, invertir a través de gobiernos en mecanismos de impulso inicial o subsidios que faciliten la puesta en marcha inicial de estos procesos, además de parte de las empresas productoras el esfuerzo para facilitar diseños orientados a la recuperación de materiales valiosos, y el incentivo a los propios consumidores en la entrega de estos equipos en desuso para que no terminen como desperdicio de recurso y contaminación irreversible en la basura domiciliaria.
La Unión Europea y distintas organizaciones internacionales ha puesto énfasis en la recuperación de materiales estratégicos, lo que tiene ventajas evidentes en ámbitos tales como la protección de ecosistemas a través de la limpieza de espacios urbanos y rurales , impulso a prácticas de economía circular y racionalización de la obsolescencia programada con perspectiva medioambiental, la reducción de la huella ecológica de la producción de insumos electrónicos de la mano con el desarrollo de tecnologías en I+D para la gestión de la minería electrónica, lo que además evita sus formas tradicionales y puede impedir las más nocivas, tales como la minera submarina, que es una preocupación global.
Este es uno de los temas donde el vínculo entre tecnología, empresas, gobiernos y personas pueden generar un cambio positivo para el planeta, a través de un proceso racional de uso eficiente de recursos que hoy en día estamos desperdiciando masivamente y requieren ser replanteados con creatividad y enfoque ambiental, para beneficio de todos.
Tenemos oro en las manos, y también una oportunidad de ayudar al planeta.